Los mamíferos por naturaleza dormimos con nuestras crías para asegurar la supervivencia de la especie, ya sea evitando el ataque de predadores, como también compartiendo el calor en la manada. En este contexto, es evidente que la práctica del colecho sea una necesidad instintiva del ser humano.

Sin embargo, durante los últimos 200 años se han cuestionado sus beneficios, atribuyéndole una serie de mitos negativos que han desencadenado prejuicios y estereotipos perniciosos para quienes deseen colechar, logrando someter el deseo de muchas familias por compartir la cama.

Al mismo tiempo, y dado que los niños al no estar cerca de sus cuidadores en la noche les es más difícil conciliar el sueño, han proliferado un sinnúmero de métodos conductictas, muchas veces nocivos y poco respetuosos con las necesidades de los bebés, para lograr ‘hacer’ que duerman (siendo el gran baluarte el Método Estivill o Ferber) Los cuales quiebran confianzas y resultan también dolorosos para las madres quien deben acallar su deseo de calmar a su bebé en función de su supuesto bienestar.

No obstante, hoy en día la ciencia ha reconocido que lo que nos pedía el instinto era correcto y han surgido una serie de estudios que sostienen los beneficios de colechar -ya sea en la misma cama o habitación- los que van desde la prolongación de la lactancia materna, el apego seguro, hasta el desarrollo óptimo del ciclo del sueño. Pero a pesar de ello, los residuos de la inquisición contra el dormir mamífero todavía se expresan en nuestra sociedad a través de prejuicios negativos del colechar, teniendo todavía que lidiar con dicha carga.

El pasado 29 de junio se celebró el Día Mundial del Sueño Feliz, y en Criamor nos sumamos al movimiento para desmontar las prácticas nocivas en el dormir, promoviendo escuchar el soplo mamífero de nuestro corazón. Independientemente del cómo duerman, si colechan o no, es importante que sea placentero y satisfactorio, sin el rigor de métodos, fluyendo en las necesidades de cada familia.

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